
Casi comenzaba la madrugada, parecía que la lluvia no cesaría hasta llegada la mañana. Sus lágrimas se perdían entre la precipitación presente aquella noche y su camino era guiado por las luces que alumbraban la avenida a lado y lado, llevaba empapada, no solo su ropa, también su alma.
Aquella inmensa y larga avenida aparentaba no tener fin, a medida que avanzaba, su cuerpo iba declinando, lo podía notar por el aspecto de su sombra que se calcaba de manera imprescindible sobre el pavimento. En su mano derecha, un ramo de rosas marchito, del cual se desprendían los pétalos que caían y flotaban en las leves corrientes que el agua formaba.
Salía del trabajo e iba camino a casa, recordó que a pocas cuadras del edificio había una floristería y allí compró las favoritas de su amada. No contaba con que esa noche, sería la más larga y doliente de toda su vida. Se dirigía a casa con la sonrisa típica que se pintaba en su rostro al saber que pronto estaría apreciando a la mujer más hermosa que había conocido.
Pasaba por Tacuara, el restaurante que había sido testigo del primer beso de aquel hombre humilde y su bella dama, justamente en un anochecer acompañado de lluvia; cada que pasaba por allí, a su mente arribaba el recuerdo de ese beso, beso que quemó hasta el más recóndito espacio de su ser. Al desviar la mirada hacia uno de sus sitios favoritos, notó la presencia de una mujer con cabellera larga y de color negro, de alta estatura y de contextura delgada, resultaba para él muy familiar, por lo que decidió inquietarse y poner pausa a su andar, en ese momento la mujer miró a ambos lados de la avenida como si le preocupara la presencia de alguien o deseosa de esconder algo, fue ahí cuando él se fijó en esos ojos, en esos labios, la sonrisa, los hoyuelos característicos en sus mejillas, las mejillas de su mujer. Al instante de ello, hizo presencia una figura masculina, arrulló en sus brazos a aquella silueta femenina y él apreció la manera en que los labios de ese hombre se juntaban con los que hasta ese instante le habían pertenecido.
Aturdido por el hecho del que sus ojos habían sido espectadores, emprendió la huida, casi como si hubiera visto al mismo diablo. Desesperado, sin un lugar al cual acudir, decidió recorrer la avenida, avenida que atestiguaba el paso a paso de su caminar, lento y decaído sin rumbo alguno, con su mirada perdida y ahí bajo la lluvia llevaba empapada, no solo su ropa, también su alma.